¿Quién va a mantener nuestros edificios dentro de veinte años?

Reflexión sobre los oficios y la educación en Euskadi. El parque de viviendas del País Vasco envejece y cada vez necesita más mantenimiento y rehabilitación. Al mismo tiempo, muchos oficios esenciales de la construcción sufren una creciente falta de relevo generacional. Carpinteros, fontaneros, electricistas, herreros o albañiles cualificados son cada vez más difíciles de encontrar. No se trata únicamente de un problema laboral, sino también educativo, social y demográfico. Durante años hemos asociado el progreso profesional casi exclusivamente con los estudios universitarios. Sin embargo, muchos oficios técnicos ofrecen hoy buenas oportunidades laborales y económicas. Dignificarlos exige mejorar su percepción social, su formación y sus condiciones de trabajo. La inmigración también puede desempeñar un papel importante en ese necesario relevo profesional. Porque rehabilitar edificios requiere ayudas, proyectos y tecnología, pero sobre todo personas capaces de ejecutar las obras. La cuestión es sencilla: ¿quién va a mantener nuestros edificios dentro de veinte años?

Alexander Monasterio

9/22/20266 min leer

photo of white staircase
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Cuando hablamos del futuro de la construcción pensamos habitualmente en vivienda nueva, industrialización, eficiencia energética, digitalización o nuevos materiales. Sin embargo, existe una cuestión mucho más elemental que empieza a hacerse visible en el trabajo cotidiano: ¿quién va a reparar y mantener nuestros edificios dentro de diez, veinte o treinta años?

No es una pregunta menor.

Quienes trabajamos en contacto con edificios existentes vemos continuamente cubiertas que reparar, bajantes que sustituir, fachadas que mantener, instalaciones eléctricas que renovar, carpinterías que reparar, estructuras que reforzar o redes de fontanería que han llegado al final de su vida útil.

No hablamos necesariamente de transformar los edificios ni de hacerlos más eficientes. Antes incluso de hablar de rehabilitación energética, existe una necesidad mucho más básica: conservar en funcionamiento el parque inmobiliario que ya tenemos.

Y en Euskadi ese parque es particularmente maduro.

Según Eustat, existen alrededor de 1,08 millones de viviendas y su antigüedad media ronda ya los 49 años. El propio Gobierno Vasco reconoce que la rehabilitación se ha convertido en una cuestión estructural: en 2025 se superaron las 2.400 licencias de rehabilitación y las ayudas públicas movilizaron actuaciones sobre miles de edificios y viviendas.

La consecuencia resulta bastante evidente. Durante las próximas décadas necesitaremos arquitectos, ingenieros y técnicos, naturalmente. Pero necesitaremos igualmente albañiles, electricistas, fontaneros, carpinteros, instaladores, soldadores, pintores, montadores y muchos otros profesionales capaces de materializar físicamente esas intervenciones.

Y ahí aparece el problema.

Una pirámide de edad difícil de sostener

Los datos disponibles en Álava son especialmente ilustrativos.

Según SEA-UNECA, los menores de 30 años representan apenas el 9 % del empleo en la construcción alavesa, mientras que los mayores de 50 años suponen aproximadamente el 36 %. Además, el 67 % de las empresas consultadas señalaba entre sus principales dificultades la contratación de personal.

No parece, por tanto, un problema futuro.

El relevo ya está fallando.

Al mismo tiempo, la actividad no disminuye. Eustat estima que durante 2025 la actividad del sector de la construcción vasco creció un 8,2 %, mientras que el empleo aumentó un 1,3 %.

Podemos construir procesos más eficientes, industrializar determinadas soluciones y utilizar cada vez mejores herramientas. Todo ello ayudará. Pero resulta difícil imaginar un parque de edificios de casi cincuenta años de antigüedad que pueda mantenerse sin una importante base de profesionales cualificados.

Quizá hemos confundido formación con universidad

Durante décadas hemos transmitido a varias generaciones una idea aparentemente razonable: estudiar permitía progresar socialmente.

El problema aparece cuando esa idea se convierte, consciente o inconscientemente, en otra distinta: progresar significa necesariamente obtener un título universitario.

Un joven con buenas capacidades académicas recibe habitualmente estímulos para estudiar una carrera. Mucho menos frecuentemente escucha que podría convertirse en un excelente electricista, carpintero o instalador y construir una carrera profesional técnicamente compleja, económicamente viable y socialmente útil.

Pero también aquí conviene evitar simplificaciones.

La Formación Profesional vasca no está retrocediendo. Al contrario: la matrícula de FP inicial ha aumentado un 41,5 % durante la última década. Para el curso 2025-2026 se ampliaron especialmente las plazas de Electricidad y Electrónica, con 335 nuevas plazas, y de Instalación y Mantenimiento, con otras 175.

Por tanto, probablemente no tenemos únicamente un problema de oferta educativa.

Tenemos también un problema de orientación, prestigio y expectativas.

La cuestión no debería ser convencer a alguien que desea ser médico, abogado o arquitecto para que no lo sea. Debería ser conseguir que un joven con aptitudes manuales, técnicas o empresariales pueda considerar con exactamente la misma normalidad convertirse en especialista de instalaciones, carpintero o profesional de la construcción.

Y que su familia también lo considere una buena elección.

Dignificar un oficio no consiste solamente en pagar más

Existe además una contradicción interesante.

Determinados oficios especializados tienen actualmente una elevada demanda y una capacidad económica considerable. Un buen profesional puede disponer de una cartera de trabajo estable, desarrollar su propia empresa y alcanzar un elevado grado de independencia profesional.

Sin embargo, el reconocimiento social no siempre se corresponde con esa realidad económica.

Ahí existe probablemente una tarea educativa importante.

Dignificar los oficios significa explicar desde edades tempranas que inteligencia y formación no son sinónimos de trabajo de oficina. Un instalador competente necesita interpretar documentación técnica, normativa, materiales, sistemas, seguridad, diagnóstico de averías y tecnologías cada vez más sofisticadas.

La electrificación de los edificios, la aerotermia, la fotovoltaica, la domótica o los sistemas de control no están haciendo desaparecer al instalador.

Están haciendo que necesite estar mejor formado que nunca.

También significa mejorar el propio sector: estabilidad, prevención, organización de los trabajos, limpieza, profesionalización empresarial y posibilidades reales de carrera. El prestigio no puede construirse únicamente mediante campañas de comunicación si las condiciones de trabajo no evolucionan al mismo tiempo.

Y queda otra realidad: la inmigración

El debate sobre la inmigración debería incorporar también una cuestión puramente demográfica y laboral.

A 1 de enero de 2025, la edad media de la población extranjera residente en Euskadi era de 34,1 años, frente a los 47,5 años de la población de nacionalidad española.

En el conjunto de España, los trabajadores extranjeros representaban al finalizar 2025 el 23,2 % de los afiliados del Régimen General en la construcción. Es decir, su participación en este sector ya es significativa; no estamos hablando únicamente de una hipótesis de futuro.

Eso no significa que la inmigración resuelva automáticamente la falta de profesionales. Una persona que llega a Euskadi necesita formación, aprendizaje del idioma cuando resulte necesario, reconocimiento de competencias, conocimiento de la normativa, prevención de riesgos y una vía real de progresión profesional.

Pero tampoco parece razonable analizar el futuro del mercado laboral vasco ignorando esta realidad.

Curiosamente, la percepción social quizá sea menos negativa de lo que puede deducirse del debate público. El Barómetro 2025 de Ikuspegi señala que únicamente el 9,7 % de la población menciona la inmigración entre los principales problemas de Euskadi, mientras que un 73,6 % reconoce su aportación al sostenimiento del mercado laboral y un 71 % considera que puede contribuir frente al envejecimiento demográfico.

Existe, por tanto, una diferencia importante entre determinadas conversaciones públicas y la percepción mayoritaria que reflejan las encuestas.

No existe una única solución

Probablemente el error sería buscar una solución aislada.

No bastará con crear más plazas de Formación Profesional si los jóvenes continúan percibiendo esos estudios como una segunda opción. Tampoco bastará con aumentar los salarios si determinadas condiciones laborales siguen resultando poco atractivas. Ni será suficiente recurrir a trabajadores procedentes de otros países sin proporcionar mecanismos eficaces de formación e integración profesional.

El problema requiere actuar simultáneamente sobre la educación, la orientación profesional, las condiciones de trabajo, la transmisión de empresas y conocimientos entre generaciones y la incorporación de nueva población activa.

Además, existe otro enorme margen todavía poco aprovechado. De las aproximadamente 54.700 personas ocupadas en construcción que contabilizaba Eustat a comienzos de 2025, unas 6.600 eran mujeres. La incorporación femenina a muchos oficios técnicos continúa siendo muy reducida.

También ahí hay una reserva de talento que probablemente debería dejar de contemplarse como excepcional.

El mantenimiento como infraestructura invisible

Existe finalmente una cuestión de fondo.

Una sociedad puede aprobar grandes programas de rehabilitación, subvenciones a la eficiencia energética, ayudas para instalar ascensores o ambiciosos planes de vivienda. Pero todos ellos terminan dependiendo de algo extraordinariamente sencillo:

alguien tiene que ejecutar físicamente las obras.

Y no se forma un buen profesional en seis meses.

Los conocimientos de un carpintero, un albañil, un fontanero o un electricista experimentado son el resultado de años de trabajo, errores, aprendizaje y transmisión entre generaciones.

Si permitimos que una generación completa se jubile sin transferir ese conocimiento, reconstruir posteriormente esa capacidad será mucho más difícil y caro.

Por eso quizá deberíamos dejar de considerar los oficios de la construcción únicamente como una cuestión laboral.

Son también una cuestión de conservación de nuestro patrimonio construido.

Tenemos más de un millón de viviendas que seguirán necesitando funcionar cuando quienes hoy las mantienen ya se hayan jubilado.

La pregunta, entonces, no es solamente cómo vamos a construir las viviendas del futuro.

La pregunta es quién va a mantener en pie las que ya tenemos.

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